domingo, 6 de diciembre de 2015

Lo que da que hablar…

Salgo a la vereda. Giro mi cabeza. Observo. Hay mucha gente. Alguien pasa en auto sin saludar. La vecina concentrada en hacer entrar a los nenes que llegan de la escuela. El kiosquero fuma un pucho y Norma, sentada, mira el piso hundida en sus pensamientos.


Arriba, el  cielo comienza  a tener  dibujos blancos y suaves,  con diversas formas amigables y maléficas.  Luego de una pincelada  los dibujos se tiñen de gris y de a poco comienza a subir el tono. Ya pierden su ternura.
                              Y  dan qué hablar.
En el suelo las hojas de los árboles corren, hacen rondas y bailan a un compás. El viento, que comienza suave, aumenta su velocidad. El ritmo del silbido se torna  cada vez más agudo.
                                Y da  qué hablar.
Los árboles erguidos muestran su espléndido verde. Más tarde se inclinan todos para el mismo lado. El perfume del aire a tilo y a jazmines se convierte en olor a tierra mojada.
                                  Y da que hablar.

La temperatura empieza  a bajar.
Siento las gotas que acarician mi rostro. A mis oídos llegan bullicios y pasos fuertes. Las ruedas de los autos resbalan por la humedad. El kiosquero reniega porque se le apagó el pucho.           
                                          Y da qué hablar.

Norma entra a la velocidad de la luz y los nenes reciben el grito de la madre ordenándoles que se apuren. Todos  buscan rápidamente un refugio. Es  un instante y de golpe no quedó un alma, se siente el vacío.
                                      Y da que hablar.
Dejo que las gotas caigan, fluyan sobre mi cuerpo. Gozo de la libertad y de la lluvia en mí. Entro. Los truenos y relámpagos se hacen notar. Miro por la ventana y en la calle no hay nadie. Cierro los ojos y comienzo a disfrutar de la música que teclean las gotas sobre la chapa.

                                           Y  ya no da qué hablar…

viernes, 4 de diciembre de 2015

Noche

El crepúsculo me toca con el dedo por la espalda.
Me hago la tonta, no quiero.
La oscuridad se hacía notar cada vez más, y el crepúsculo insistía en mi espalda.
Me hago la tonta, no quiero.
De celeste oscuro, azul y negro.
Llega la noche.
El crepúsculo no jode más.
Me hago la tonta, no quiero.
Negro, negro y negro enfrente de mis ojos.
Llegó la noche.

Y, no quería...

Desilusión

La calle está despejada. Es un día de esos que no dicen mucho. El cielo está totalmente cubierto por nubes. Algunas más claras y otras que se imponen. Se escucha el silencio de la ciudad desértica.
Vamos de la mano, caminamos de acá para allá como si estuviéramos enredadas. Yo la miro desde abajo, y cada paso que da son tres míos. Por momentos voy a la rastra. Aceleramos la marcha, frenamos, piensa y luego volvemos.
Cuando se distrae, su cara repercute preocupación, pero si se da cuenta que la estoy mirando enseguida me transmite serenidad. El ímpetu de su destreza no lo puede disimular. Su mano me comienza a transmitir sudor y fragilidad. No sé qué pasa, pero confío. Ella nunca me defraudó, siempre me cuidó. Me entrego a su abrigo, y siento el calor de la tranquilidad.
 Frenamos, la rigidez de la mano se sintió. Yo no decía ni mú. Ella mira hacia ambos lados como si estuviera en una encrucijada, en medio de una laguna. Esta vez no ocultó el desasosiego.

Nos perdimos, dice mi madre…

                           …… y el mundo se me cayó.





Acordeón

Los amplios anteojos marrones.
Tus largas y delgadas piernas castañas, que siempre cruzabas.
 Vos sentado en aquel sillón. Tu trono.

Con tus nietos hacías música, a mi me tocaba el acordeón.
Vendías y hacías juguetes, el sueño de cualquier niño.
Vos tan largo y tu cigarro tan corto.

 No tengo  más recuerdos.
Solo momentos inmóviles, reflejados en fotos.
Y fueron 7 años. Los borré.

Sé, que todos te querían.
Artesano.
Y por eso, me quedé con más ganas.

Estuve donde no tenía que estar, para enterarme antes, de tu final. Algo me perturba;  te caracterizaba la bondad y lo servicial.


Siempre me quedó por preguntar; ¿De qué te querías escapar?

La ironía del juego

Hidalgo estaba sentado en la penumbra del comedor de su casa. Miraba el reloj seguido. Su mamá, con el delantal de cocina puesto le repetía; “aún es la hora de la siesta”. Llegado el momento, todos los chicos se reunían y comenzaba la travesía. Algunos corrían  y otros en bicicleta, iban en busca de aquel lugar. Él tenía la suya, pero en ocasiones, corría, para acompañar a Juan y a sus hermanos.
   Juan tenía 8 hermanos. A la mañana iba a la escuela. Cada día lavaba su ropa para llegar impecable.  En clase clavaba los ojos en los renglones en blanco del cuaderno. Aprendía lo que podía. En el recreo se sentaba utilizando paredes como respaldo mientras perdía su mirada. Las agujas del reloj para él estaban clavadas. Pero no decía ni mú. 
   Terminado el escaso almuerzo, Juan  hacía la tarea. Se sentaba sin recibir órdenes y tampoco ayuda. Finalizados los deberes salía en busca de sus vecinos para jugar. Bah… ellos jugaban.
   Juan, Hidalgo y  algunos más, llegaban a ese lugar que tanto les gustaba. Corrían, cortaban frutas, se las tiraban entre ellos, buscaban escondites, cazaban palomas y varias travesuras más. Cuando comenzaba a bajar el sol, las voces se esfumaban y quedaban los vestigios del juego: frutas aplastadas, palomas muertas…
   Los chicos empezaban a desaparecer, pero Hidalgo siempre esperaba a Juan, su fiel amigo, 
-Andá Hidalgo, yo espero a mis hermanos. Así mamá no nos reta.
   Era probable que cuando llegaran, su mamá no estuviera, pero a Juan le gustaba decir eso.
   Y así pasaba la infancia entre frutas y palomas; juego y hambre; ironías y realidades; angustia y amistad.
   Los días de lluvia nadie salía a jugar. Todos se divertían esperando que por la ventana se asomara el arco iris. Para Juan, el arco iris perdía sus colores. 
   Lo que no entendía Hidalgo, es por qué Juan nunca quería volver con él. Le ofrecía su bicicleta, sabía que adoraba  deslizarse sobre las dos ruedas como si se comiera el mundo, pero tampoco así aceptaba.
   Hidalgo luego del ofrecimiento, cabizbajo y dubitativo, volvía a su casa. 
Y un día…cuándo el sol daba la señal del regreso, preguntó:
-Juan ¿Por qué nunca te querés volver conmigo?
-Porque espero a mis hermanos. Mis padres quieren que volvamos juntos.
Pero Hidalgo no se quedó  conforme. Al otro día, saludó a Juan sin preguntar nada. Tomó la bicicleta del manubrio con calma y comenzó a caminar. Pasos intranquilos. Cada tanto miraba hacía atrás. Cuando llegó a la esquina, en silencio dejó la bicicleta en el piso. No le importaba que lo retaran por llegar retrasado. Solo quería entender a su amigo para brindarse. Clavó la mirada expectante.
   Pasó el tiempo. Hidalgo comienza a inquietarse. No quería llegar muy tarde porque la penitencia iba a ser fuerte. Pero ya estaba ahí. Solo le quedaba esperar. 
   A sus oídos comienzan a llegar varias voces y pasos bien marcados. Se oculta mejor. No quiere que su amigo se enoje y espera…
   Era Juan con sus  hermanos. Hidalgo  observa. Se queda un rato pensando y atónito vuelve a mirar. Eran ellos.  Cada uno abrazaba los vestigios de las frutas y carnes de guerra. Hidalgo entiende… 
   
            Juan no iba a jugar.








miércoles, 28 de octubre de 2015

Luna

Digna de venerar
tu aura dorada te entibia
blancura fría, nieve divina.

El crepúsculo tu aliado,
te libera de la centinela.

Suspendida al compás del universo
luz rebelde frente al negro
presente en todo lo inmenso al mismo tiempo.

Humilde a la dignidad divina
siempre desde arriba
pero para abajo  mira.

De tu ombligo salen grietas,
caminos infinitos, que vuelven al centro
y del centro salen, dejando el surco del sudor.

Te envuelve un polvo brillante, y
tus raíces invisibles, ancladas en las mareas.

Almacigo de la energía.

…Inocencia etérea, incandescencia posesiva…



miércoles, 14 de octubre de 2015

Olvidos que duelen

Tan acostumbrada a que cuides de mí y de a poco el rol se fue invirtiendo,  soy yo quien cuida de ti.  Arrancaron los olvidos esporádicos, esos que hasta tomamos con humor. Luego comenzaron a ser cada vez más frecuentes, pero  parecía que elegías que recordar y que no. Ahora ya no elegís. Tus olvidos te privaron de la libertad de viajar en el recuerdo.
 Tu pasado intacto está aferrado a la memoria. Tu presente tan volátil como el alcohol.
       
  ….Cada acto se vuelve efímero en el recuerdo….

A medida que el olvido se vuelve rutina, mis ojos se entristecen. Pasaste de no recordar tus andanzas del fin de semana, a olvidar  que almorzaste hace un rato. Sabías todo sobre mí, ahora hasta se te esfuma mi vida.

…Tu refugio para mi es el arte, para vos la pintura…

Te rehúsas a no recordar, y eso habla de tu fortaleza y valentía. Por eso la insistencia de querer  volver a cada olvido, preguntando una y otra vez. Y yo, ejercité mi paciencia para responderte, hasta sentirte bien.
Ver cómo se van evaporando los recuerdos, y lo sublime de cada información que recibís me hacen temblar como un niño. El esfuerzo por querer recordar algo, es un acto en vano, angustiante para todos.
Te caracteriza la magia de salir corriendo del olvido, con una risa, o un chiste tan vivo como tus ganas de seguir recordando.

 Pasa el tiempo y el recordar es cada vez más fugaz. Aún me reconoces, pero no quiero ni imaginar el día en que no sepas quien te abraza, mi mundo se desvanecerá.